Amanda Ngozi Adichie: Mi madre, la africana loca

 


El relato que publicamos fue escrito por Adichie cuando todavía no era la

Chimamanda que hoy conocemos, sino una muchacha universitaria recién

llegada a Estados Unidos que sólo había publicado un poema en una revista

estudiantil y una obra de teatro de la que reniega por “terriblemente

melodramática”. Se hacía llamar Amanda en aquella época y así firmó el relato.

La supervivencia obliga. De eso va este cuento de humor agridulce, de los

sinsabores, rabias y perplejidades de una muchacha de hoy en día, en el roce con

su madre, mujer con mujer navegando una nueva vida, inmersas las dos en la

compleja red de relaciones entre negros y blancos en Estados Unidos.

Este entrañable regalo que ha hecho la autora a Radio Africa Magazine, de los

derechos de publicación en exclusiva en castellano de Mi madre, la africana

loca, inyecta un relato más de la negritud y la diáspora africana en el imaginario

colectivo.


                          Chimamanda Ngozi Adichie                    
Foto: BBC




Mi Madre, la africana loca

Por Amanda Ngozi Adichie

No soporto tener este acento. Lo odio cuando la gente me pide que repita cosas y

oigo cómo se ríen por dentro porque no soy americana. Ahora, cuando Padre me

habla en igbo, respondo en inglés. Lo haría también con Madre, pero no creo que

le haga gracia, aún no.

Cuando la gente pregunta de dónde soy, Madre quiere que diga Nigeria. La

primera vez que dije Filadelfia, ella me dijo, “di Nigeria”. La segunda vez me dio

un tortazo en la nuca y preguntó, en igbo, “¿estás mal de la cabeza?”

Por entonces yo ya iba a la escuela y le dije que las cosas no son así para los

americanos. Eres de dónde has nacido, o de dónde vives, o de dónde tienes

intención de vivir mucho tiempo. Fíjate en Cathy, por ejemplo. Ella es de

Chicago porque nació ahí. Su hermano es de aquí, de Filadelfia, porque nació en

el hospital de Jefferson. Pero su padre, que nació en Atlanta, ahora es de

Filadelfia porque vive aquí.


A los americanos les da igual esa bobada de que vengas de tu aldea ancestral,

donde tus antepasados tenían tierras y donde tu linaje se remonta a cientos de

años. Así que conoces tu linaje, ¿y qué?

Yo todavía digo que soy de Filadelfia cuando Madre no está. (Sólo digo Nigeria

cuando alguien dice algo sobre mi acento y entonces siempre añado, pero vivo en

Filadelfia con mi familia.)

Además, cuando Madre no está, me llamo Lin. A ella le gusta repetir que Ralindu

es un hermoso nombre igbo, que significa tanto también para ella, ese nombre,

Elige la Vida, por lo mal que lo pasó, por mis hermanos que murieron siendo

bebés. Y lo siento, no sé si me entiendes, pero ahora mismo no puedo con un

nombre como Ralindu y con mi acento, sobre todo ahora que Matt y yo estamos

juntos.

Cuando llaman mis amigas, Madre dice, “¿Lin?”, alargando la pausa un instante,

como si no supiera quién es ésa. Cualquiera diría que no lleva aquí tres años (seis

años le digo a veces a la gente) por cómo actúa.

Todavía le gusta terminar sus observaciones con la exclamación ¡América!

Como en los restaurantes, “mira esta gente, cuánta comida desperdicia,

¡América!” O en la tienda, “mira cómo han bajado los precios desde la semana

pasada, ¡América!”

Pero ahora va todo mucho mejor. Ya no se persigna, temblando, cada vez que

informan de un asesinato en las noticias. Ya no está pendiente de las indicaciones

que le ha escrito Padre cuando coge el coche para ir al supermercado o al centro

comercial. Pero igual, todavía lleva las instrucciones en la guantera, escritas por

Padre con su letra tan formal. Todavía se aferra con fuerza al volante y mira a

menudo por el retrovisor, pendiente de los coches de policía. Y yo suelo decirle,

Madre, la policía americana no te detiene porque sí. Sólo si haces algo malo,

como correr demasiado.

Lo reconozco, yo también estaba impresionada la primera vez que llegamos. Vi

la casa y entendí por qué Padre no había querido traernos al terminar su

residencia, por qué decidió trabajar tres años, un trabajo normal además del

pluriempleo. Me gustaba salir de la casa y quedarme así mirándola largo rato, la

elegancia de la piedra exterior, el césped que la rodeaba entera como un manto


teñido del color del mango cuando todavía está verde. Y adentro, me gustaban las

escaleras en curva del recibidor, la baranda reluciente, la espléndida chimenea de

mármol; me sentía como en el plató de una película extranjera. Incluso me

gustaba el clon-clon-clon de los suelos de madera cuando caminaba con zapatos,

no como el suelo de cemento que teníamos allá, tan silencioso.

Ahora, si estoy abajo en el sótano, me molesta el ruido de los suelos de madera

cuando Padre se trae a sus colegas del hospital. Padre ya no le pide a Madre que

prepare algo para sus invitados, encarga que le traigan a casa bandejitas de queso

y fruta para llevar. Antes se peleaban por eso, Padre le decía que a los blancos les

daba igual el moi-moi y el chin-chin, las cosas que ella quería preparar, y Madre

le decía, en igbo, que estuviera orgulloso de ser quién era y que primero lo

sirviera, a ver si no les gustaba. Ahora se pelean por cómo se comporta Madre en

esos encuentros.

Tienes que hablarles más, dice Padre, que se sientan a gusto, y deja de hablarme

en igbo cuando están aquí.

Y Madre grita, ¿Así que ahora no puedo hablar en mi idioma en mi propia casa?

Dime, ¿ellos cambian su manera de comportarse cuando vas tú a su casa?

No son auténticas peleas, no como los padres de Cathy, que dejan todo de vidrios

rotos y Cathy tiene que recogerlo antes de ir al colegio para que su hermana

pequeña no los vea. Madre todavía se levanta temprano para dejarle la camisa a

Padre sobre la cama, para hacerle el desayuno y ponerle el almuerzo en la

fiambrera. Padre cocinaba cuando estaba solo -vivió solo en América casi siete

años- pero ahora, de repente, resulta que no puede cocinar. Ni siquiera puede

ponerle la tapa a una olla, no, ni siquiera puede servirse él mismo de una olla.

Madre se escandaliza con sólo que se acerque a la cocina.

“Has cocinado bien, Chika,” dice Padre en igbo, después de cada comida. Madre

sonríe y sé que ya está maquinando la próxima sopa que va a cocinar, qué nuevas

verduras probar.

Todas sus comidas tienen una base nigeriana, pero le gusta experimentar y ha

aprendido a improvisar con aquellas cosas que no están en la tienda africana.

Patatas al horno en lugar de ede. Espinacas en lugar de ugu. Incluso encontró la

manera de preparar el cereal de farina para que tuviera la consistencia del fufu.


Eso fue antes de que Padre le enseñara cómo ir a la tienda africana donde tienen

harina de casava. Ya no se niega a comprar pizza y patatas fritas congeladas, pero

todavía gruñe cada vez que las como, y todavía dice que esa comida tan mala te

chupa la sangre. Cuando cocina una sopa nueva, que es casi cada día, me la hace

comer. Me observa mientras amaso unas bolas fláccidas con el fufu y las sumerjo

en la sopa espesa, incluso se me queda mirando la garganta mientras trago, para

ver si bajan las bolas y se quedan abajo.

Creo que le gusta cuando viene gente a la que yo llamo invitados accidentales,

porque siempre se muestran tan efusivos con su cocina. Siempre son nigerianos,

siempre recién llegados a América. Buscan nombres en el listín telefónico,

buscan a nigerianos. Los que son igbo le dicen a Padre que les da ánimos ver un

nombre igbo, como Eze, después de las columnas de yorubas, los Adebisis y

Ademolas. Pero claro, añaden mientras engullen los plátanos fritos de Madre, en

América todos los nigerianos son hermanos.

Cuando Madre me obliga a salir a saludarlos, respondo en inglés cuando ellos

hablan en igbo, y pienso que no deberían estar aquí, que están aquí sólo por el

accidente de que somos nigerianos. Suelen quedarse sólo unos días hasta que

deciden qué hacer, Padre es firme en eso. Y hasta que se marchan, nunca les

hablo en igbo.

A Cathy le gusta venir a conocerlos. Le fascinan. Habla con ellos, les pregunta

por sus vidas en Nigeria. A esa gente le encanta hablar de lo víctimas que son, de

cómo sufrieron a manos de los soldados, jefes, maridos, familia política. En mi

opinión, Cathy les tiene demasiada simpatía. Una vez incluso le dio un

currículum a su madre que se lo dio a otra persona que contrató al nigeriano.

Cathy es guais. Es la única persona con la que puedo hablar de todo, pero a veces

pienso que no debería pasar tanto rato con nuestros invitados accidentales porque

se pone igual que Madre, sin el tono de regañina, pero me dice cosas como,

deberías estar orgullosa de tu acento y de tu país. Yo digo que sí, que estoy

orgullosa de América. Soy americana aunque sólo tenga, todavía, la tarjeta verde.

Lo dice de Matt también. Que no debería esforzarme tanto en ser americana por

él, porque si fuera auténtico yo le gustaría igual (lo dice porque yo le pedía que

me dijera palabras, quería practicar y pillar bien las inflexiones americanas. Ojalá

Nigeria no hubiera sido una colonia británica, es tan difícil quitarse esa manera


de pronunciar mal las palabras). Por favor. He visto cómo se ríe Matt del chico

indio que tiene un nombre que nadie sabe pronunciar. El pobre chaval tiene un

acento tan marcado que ni siquiera se le entiende cuando dice su nombre. Al

menos en eso soy mejor que él. Matt ni siquiera sabe que me llamo Ralindu. Sabe

que mis padres son de África y cree que África es un país, y poca cosa más. Al

principio, me gustó el brillante tipo dormilona que lleva en la oreja izquierda.

Ahora es todo él, incluso su manera de caminar con las piernas muy por delante

del resto del cuerpo.

Tardó un poco en fijarse en mí. Cathy me ayudó, se acercaba a él descaradamente

y le pedía que se sentara con nosotras para comer. Un día le preguntó, “Lin está

buena, ¿verdad?” Y él dijo que sí. A ella no le gusta Matt. Pero bueno, a Cathy y

a mí no nos gustan las mismas cosas, por eso nuestra amistad es tan auténtica.

Madre era muy precavida con Cathy. Decía, “Ngwa, no te quedes tanto rato en su

casa. No comas ahí tampoco. Van a pensar que en casa no tenemos comida”. De

verdad, creía que los americanos tienen los mismos cuelgues estúpidos que la

gente de su país. No se visita tan a menudo a la gente a menos que te devuelvan

la visita, no vaya a ser que quedes mal. No se come tan a menudo en casa de la

gente si no vienen a comer a la tuya. Venga ya.

Llegó incluso a prohibirme que visitara a Cathy durante casi un mes, hace un par

de años. Era nuestro primer verano aquí. En el colegio habían organizado una

barbacoa familiar. Padre tenía guardia en el hospital así que fuimos solas Madre

y yo. ¿Le servían de algo a Madre los ojos que tiene en la cara? ¿No se daba

cuenta de que en verano las americanas vestían pantalón corto y camiseta? Aquel

día se puso un vestido tieso, azul, con grandes solapas blancas. Ahí estaba ella

con las demás madres, todas chic con sus tops y sus shorts; parecía una mujer

extraviada, emperifollada para una barbacoa. La evité casi todo el rato. Había

varias madres negras, así que cualquiera de ellas podría haber sido mi madre.

Esa noche en la cena, le dije, “La madre de Cathy me ha pedido que la llame

Miriam”. Levantó la vista, con una pregunta en los ojos. “Miriam es su nombre

de pila,” dije yo. Entonces me atreví, rápida. “Yo creo que Cathy debería

llamarte Chika.” Madre siguió masticando en silencio un trozo de carne del

estofado. Levantó de nuevo la vista. Sus ojos oscuros eran puro fuego desde el

otro lado de la mesa. Soltó un chorro de palabras en igbo. “¿Quieres que te dé un


tortazo que te hará saltar los dientes de la boca? ¿Desde cuándo los niños llaman

a sus mayores por su nombre de pila?” Le pedí perdón y bajé la vista, amasando

las bolas de fufu con más cuidado que nunca. Mirarla a los ojos la incitaba a

cumplir sus amenazas.

Después de eso, no pude ir a casa de Cathy durante un mes, pero Madre dejó que

Cathy viniera a la mía. Cathy se reunía con Madre y conmigo en la cocina, y a

veces ella y Madre pasaban horas charlando sin mí. Ahora Cathy no le dice Hola

a Madre, le dice Buenas Tardes o Buenos Días porque Madre le ha dicho que los

niños nigerianos saludan así a los adultos. Además, no la llama Señora Eze, la

llama Tía.

Ella cree que Madre es genial por muchas cosas. Por su manera de caminar.

Majestuosa. O su manera de hablar. Melodiosa. (Madre ni siquiera se esfuerza en

decir las cosas a la manera americana. Todavía dice palabras que sólo usan los

ingleses, por el amor de Dios.)

O porque Madre me abrazara cuando me vino la regla. Qué gesto tan cariñoso.

La madre de Cathy se limitó a decir oh, y salieron juntas a comprar compresas y

bragas. Pero cuando Madre me abrazó, hace dos años, apretándome contra ella

como si hubiera ganado una carrera importante, no me pareció para nada un

gesto cariñoso. Quería apartarla, su olor era agrio como la sopa de onugbu.

Me dijo que era una gran bendición, que algún día traería niños al mundo, que

tenía que cerrar bien las piernas para no avergonzarla. Yo sabía que luego ella

llamaría a Nigeria y se lo contaría a mis tías y a Mama Nnukwu y entonces

hablarían de los niños fuertes que algún día yo traería al mundo, del buen marido

que encontraría.

* * *

Hoy viene Matt a casa, estamos haciendo un trabajo juntos para clase. Madre no

ha parado de dar vueltas por la casa. En Nigeria, las niñas se hacen amigas de las

niñas y los niños se hacen amigos de los niños. Entre una chica y un chico no

puede haber sólo amistad. Hay algo más. Le explico a Madre que en América es

diferente y ella dice que lo sabe. Pone un plato de chin-chin recién frito en la

mesa del comedor donde trabajaremos Matt y yo. En cuanto sube las escaleras,

me llevo el chin-chin a la cocina. Me imagino la cara de Matt cuando diga, ¿qué


coño es eso? Madre reaparece y vuelve a poner el chin-chin. “Es para tu

invitado,” dice.

Suena el teléfono y rezo para que esté ocupada largo rato. Luego suena el timbre

y ahí está Matt, con su tachuela brillante en la oreja y una carpeta en la mano.

Matt y yo estudiamos un rato. Madre entra y cuando él le dice hola, ella se lo

queda mirando fijamente, hace una pausa y luego dice “¿Cómo está usted?”

Pregunta si ya casi estamos y lo dice en igbo. Antes de contestarle que sí, hago

una pausa larga para que Matt no piense que la entiendo bien cuando habla en

igbo. Madre sube las escaleras y cierra la puerta de su dormitorio.

“Vamos a tu habitación a escuchar música,” dice Matt, al cabo de un rato.

“Tengo el cuarto muy desordenado,” digo yo, en lugar de “Mi madre nunca

dejaría que un chico entrara en mi habitación”. “Vamos al sofá entonces. Estoy

cansado.” Nos sentamos en el sofá y me mete mano bajo la camiseta. Le sujeto la

mano. “Sólo por encima de la camiseta.”

“Venga,” dice él. Su respiración es tan urgente como su voz. Lo suelto y desliza

la mano como una serpiente bajo mi camiseta, se cierra sobre un pecho

enfundado en el sujetador de nailon. Luego, rápido, se abre camino hasta mi

espalda y me desabrocha el sujetador. Matt es un crack, ni siquiera yo puedo

desabrocharme el sujetador tan rápido con una sola mano. Su mano vuelve

serpenteando hacia delante y se cierra sobre el pecho desnudo. Gimo, porque me

gusta la sensación y sé que eso es lo que se espera de mí. En las películas, las

mujeres siempre ponen cara de éxtasis más o menos a estas alturas.

Ahora se ha puesto frenético, como si tuviera fiebre, malaria. Me empuja hacia

atrás, me levanta la camiseta hasta juntarla toda en torno a mi cuello, me quita el

sujetador. Siento un frescor repentino en mi torso expuesto. Una humedad

pegajosa y cálida en el pecho. Una vez leí un libro en el que un hombre chupaba

tan fuerte el pecho de su mujer que no dejó nada para el bebé. Matt chupa como

ese hombre.

Entonces oigo abrirse una puerta. Aparto la cabeza de Matt y me estiro la

camiseta, no tardo ni un segundo. Mi sujetador, un blanco de espanto contra el

sofá de cuero curtido, brilla ante mis ojos. Lo meto detrás del sofá justo cuando

entra Madre.


“¿No es hora de que se vaya tu invitado?” pregunta en igbo.

Tengo miedo de mirar a Matt, tengo miedo de que tenga leche en los labios. “Ya

está a punto de marcharse,” digo, en inglés. Madre sigue ahí de pie. Le digo a

Matt, “Creo que es mejor que te vayas.” Él se pone de pie, recoge los papeles de

la mesa. “Vale. Buenas noches.”

Madre está inmóvil, mirándonos a los dos.

“Te está hablando, Madre. Te ha dicho buenas noches.”

Ella asiente con la cabeza, cruza los brazos, mira fijamente. De pronto, suelta un

chorro de palabras en igbo. ¿Estaba loca de dejar que un chico se quedara tanto

rato? Y el sentido común, ¿dónde lo tenía? ¿Cuándo nos levantamos de la mesa

del comedor para sentarnos en el sofá? ¿Por qué estábamos sentados tan juntos?

Matt se va hasta la puerta arrastrando los pies mientras ella habla. Lleva las

bambas descordadas y se oye el batir de los cordones cuando camina. “Hasta

luego,” dice desde la puerta.

Madre encuentra el sujetador detrás del sofá casi enseguida. Se queda mirándolo

fijamente mucho rato antes de pedirme que me vaya a mi cuarto. Sube al cabo de

un momento. Aprieta los labios con firmeza.

“Yipu efe gi,” dice. Quítate la ropa. La miro, sorprendida, pero me desvisto

lentamente. “Todo,” dice cuando ve que aún tengo puestas las bragas. “Siéntate

en la cama, abre las piernas.”

Siento el corazón en los oídos, latiendo desbocado. Me tiendo en la cama, las

piernas abiertas. Se acerca, se arrodilla frente a mí, y veo lo que tiene en la mano.

Ose Nsukka, los pimientos picantes secos y arrugados que nos envía Mama

Nnukwu de Nigeria en pequeños frascos que eran originalmente de curry o

tomillo. “¡Madre! ¡No!”

“¿Ves este pimiento?” pregunta. “¿Lo ves? Esto es lo que le hacen a las chicas

promiscuas, esto es lo que le hacen a las chicas que usan el cerebro que tienen

entre las piernas en lugar del que tienen en la cabeza.”

Me acerca tanto el pimiento que me hago pis ahí mismo. Siento el colchón

mojado, cálido. Pero no me lo mete.


Ahora grita en igbo. La miro, cómo resplandecen sus ojos de carbón con las

lágrimas, y yo quiero ser Cathy. La mamá de Cathy se disculpa después de

castigarla, le pide que vaya a su cuarto, no la deja salir durante unas horas o,

como máximo, un día.

Al día siguiente, Matt dice, riéndose, “Me dio un yuyu tu madre anoche. ¡Qué

africana más loca!”

Tengo los labios demasiado tiesos para reír. Mientras hablamos, él está mirando

a otra chica.

No soporto tener este acento. Lo odio cuando la gente me pide que repita cosas y

oigo cómo se ríen por dentro porque no soy americana. Ahora, cuando Padre me

habla en igbo, respondo en inglés. Lo haría también con Madre, pero no creo que

le haga gracia, aún no.

Cuando la gente pregunta de dónde soy, Madre quiere que diga Nigeria. La

primera vez que dije Filadelfia, ella me dijo, “di Nigeria”. La segunda vez me dio

un tortazo en la nuca y preguntó, en igbo, “¿estás mal de la cabeza?”

Por entonces yo ya iba a la escuela y le dije que las cosas no son así para los

americanos. Eres de dónde has nacido, o de dónde vives, o de dónde tienes

intención de vivir mucho tiempo. Fíjate en Cathy, por ejemplo. Ella es de

Chicago porque nació ahí. Su hermano es de aquí, de Filadelfia, porque nació en

el hospital de Jefferson. Pero su padre, que nació en Atlanta, ahora es de

Filadelfia porque vive aquí.


A los americanos les da igual esa bobada de que vengas de tu aldea ancestral,

donde tus antepasados tenían tierras y donde tu linaje se remonta a cientos de

años. Así que conoces tu linaje, ¿y qué?

Yo todavía digo que soy de Filadelfia cuando Madre no está. (Sólo digo Nigeria

cuando alguien dice algo sobre mi acento y entonces siempre añado, pero vivo en

Filadelfia con mi familia.)

Además, cuando Madre no está, me llamo Lin. A ella le gusta repetir que Ralindu

es un hermoso nombre igbo, que significa tanto también para ella, ese nombre,

Elige la Vida, por lo mal que lo pasó, por mis hermanos que murieron siendo

bebés. Y lo siento, no sé si me entiendes, pero ahora mismo no puedo con un

nombre como Ralindu y con mi acento, sobre todo ahora que Matt y yo estamos

juntos.

Cuando llaman mis amigas, Madre dice, “¿Lin?”, alargando la pausa un instante,

como si no supiera quién es ésa. Cualquiera diría que no lleva aquí tres años (seis

años le digo a veces a la gente) por cómo actúa.

Todavía le gusta terminar sus observaciones con la exclamación ¡América!

Como en los restaurantes, “mira esta gente, cuánta comida desperdicia,

¡América!” O en la tienda, “mira cómo han bajado los precios desde la semana

pasada, ¡América!”

Pero ahora va todo mucho mejor. Ya no se persigna, temblando, cada vez que

informan de un asesinato en las noticias. Ya no está pendiente de las indicaciones

que le ha escrito Padre cuando coge el coche para ir al supermercado o al centro

comercial. Pero igual, todavía lleva las instrucciones en la guantera, escritas por

Padre con su letra tan formal. Todavía se aferra con fuerza al volante y mira a

menudo por el retrovisor, pendiente de los coches de policía. Y yo suelo decirle,

Madre, la policía americana no te detiene porque sí. Sólo si haces algo malo,

como correr demasiado.

Lo reconozco, yo también estaba impresionada la primera vez que llegamos. Vi

la casa y entendí por qué Padre no había querido traernos al terminar su

residencia, por qué decidió trabajar tres años, un trabajo normal además del

pluriempleo. Me gustaba salir de la casa y quedarme así mirándola largo rato, la

elegancia de la piedra exterior, el césped que la rodeaba entera como un manto


teñido del color del mango cuando todavía está verde. Y adentro, me gustaban las

escaleras en curva del recibidor, la baranda reluciente, la espléndida chimenea de

mármol; me sentía como en el plató de una película extranjera. Incluso me

gustaba el clon-clon-clon de los suelos de madera cuando caminaba con zapatos,

no como el suelo de cemento que teníamos allá, tan silencioso.

Ahora, si estoy abajo en el sótano, me molesta el ruido de los suelos de madera

cuando Padre se trae a sus colegas del hospital. Padre ya no le pide a Madre que

prepare algo para sus invitados, encarga que le traigan a casa bandejitas de queso

y fruta para llevar. Antes se peleaban por eso, Padre le decía que a los blancos les

daba igual el moi-moi y el chin-chin, las cosas que ella quería preparar, y Madre

le decía, en igbo, que estuviera orgulloso de ser quién era y que primero lo

sirviera, a ver si no les gustaba. Ahora se pelean por cómo se comporta Madre en

esos encuentros.

Tienes que hablarles más, dice Padre, que se sientan a gusto, y deja de hablarme

en igbo cuando están aquí.

Y Madre grita, ¿Así que ahora no puedo hablar en mi idioma en mi propia casa?

Dime, ¿ellos cambian su manera de comportarse cuando vas tú a su casa?

No son auténticas peleas, no como los padres de Cathy, que dejan todo de vidrios

rotos y Cathy tiene que recogerlo antes de ir al colegio para que su hermana

pequeña no los vea. Madre todavía se levanta temprano para dejarle la camisa a

Padre sobre la cama, para hacerle el desayuno y ponerle el almuerzo en la

fiambrera. Padre cocinaba cuando estaba solo -vivió solo en América casi siete

años- pero ahora, de repente, resulta que no puede cocinar. Ni siquiera puede

ponerle la tapa a una olla, no, ni siquiera puede servirse él mismo de una olla.

Madre se escandaliza con sólo que se acerque a la cocina.

“Has cocinado bien, Chika,” dice Padre en igbo, después de cada comida. Madre

sonríe y sé que ya está maquinando la próxima sopa que va a cocinar, qué nuevas

verduras probar.

Todas sus comidas tienen una base nigeriana, pero le gusta experimentar y ha

aprendido a improvisar con aquellas cosas que no están en la tienda africana.

Patatas al horno en lugar de ede. Espinacas en lugar de ugu. Incluso encontró la

manera de preparar el cereal de farina para que tuviera la consistencia del fufu.


Eso fue antes de que Padre le enseñara cómo ir a la tienda africana donde tienen

harina de casava. Ya no se niega a comprar pizza y patatas fritas congeladas, pero

todavía gruñe cada vez que las como, y todavía dice que esa comida tan mala te

chupa la sangre. Cuando cocina una sopa nueva, que es casi cada día, me la hace

comer. Me observa mientras amaso unas bolas fláccidas con el fufu y las sumerjo

en la sopa espesa, incluso se me queda mirando la garganta mientras trago, para

ver si bajan las bolas y se quedan abajo.

Creo que le gusta cuando viene gente a la que yo llamo invitados accidentales,

porque siempre se muestran tan efusivos con su cocina. Siempre son nigerianos,

siempre recién llegados a América. Buscan nombres en el listín telefónico,

buscan a nigerianos. Los que son igbo le dicen a Padre que les da ánimos ver un

nombre igbo, como Eze, después de las columnas de yorubas, los Adebisis y

Ademolas. Pero claro, añaden mientras engullen los plátanos fritos de Madre, en

América todos los nigerianos son hermanos.

Cuando Madre me obliga a salir a saludarlos, respondo en inglés cuando ellos

hablan en igbo, y pienso que no deberían estar aquí, que están aquí sólo por el

accidente de que somos nigerianos. Suelen quedarse sólo unos días hasta que

deciden qué hacer, Padre es firme en eso. Y hasta que se marchan, nunca les

hablo en igbo.

A Cathy le gusta venir a conocerlos. Le fascinan. Habla con ellos, les pregunta

por sus vidas en Nigeria. A esa gente le encanta hablar de lo víctimas que son, de

cómo sufrieron a manos de los soldados, jefes, maridos, familia política. En mi

opinión, Cathy les tiene demasiada simpatía. Una vez incluso le dio un

currículum a su madre que se lo dio a otra persona que contrató al nigeriano.

Cathy es guais. Es la única persona con la que puedo hablar de todo, pero a veces

pienso que no debería pasar tanto rato con nuestros invitados accidentales porque

se pone igual que Madre, sin el tono de regañina, pero me dice cosas como,

deberías estar orgullosa de tu acento y de tu país. Yo digo que sí, que estoy

orgullosa de América. Soy americana aunque sólo tenga, todavía, la tarjeta verde.

Lo dice de Matt también. Que no debería esforzarme tanto en ser americana por

él, porque si fuera auténtico yo le gustaría igual (lo dice porque yo le pedía que

me dijera palabras, quería practicar y pillar bien las inflexiones americanas. Ojalá

Nigeria no hubiera sido una colonia británica, es tan difícil quitarse esa manera


de pronunciar mal las palabras). Por favor. He visto cómo se ríe Matt del chico

indio que tiene un nombre que nadie sabe pronunciar. El pobre chaval tiene un

acento tan marcado que ni siquiera se le entiende cuando dice su nombre. Al

menos en eso soy mejor que él. Matt ni siquiera sabe que me llamo Ralindu. Sabe

que mis padres son de África y cree que África es un país, y poca cosa más. Al

principio, me gustó el brillante tipo dormilona que lleva en la oreja izquierda.

Ahora es todo él, incluso su manera de caminar con las piernas muy por delante

del resto del cuerpo.

Tardó un poco en fijarse en mí. Cathy me ayudó, se acercaba a él descaradamente

y le pedía que se sentara con nosotras para comer. Un día le preguntó, “Lin está

buena, ¿verdad?” Y él dijo que sí. A ella no le gusta Matt. Pero bueno, a Cathy y

a mí no nos gustan las mismas cosas, por eso nuestra amistad es tan auténtica.

Madre era muy precavida con Cathy. Decía, “Ngwa, no te quedes tanto rato en su

casa. No comas ahí tampoco. Van a pensar que en casa no tenemos comida”. De

verdad, creía que los americanos tienen los mismos cuelgues estúpidos que la

gente de su país. No se visita tan a menudo a la gente a menos que te devuelvan

la visita, no vaya a ser que quedes mal. No se come tan a menudo en casa de la

gente si no vienen a comer a la tuya. Venga ya.

Llegó incluso a prohibirme que visitara a Cathy durante casi un mes, hace un par

de años. Era nuestro primer verano aquí. En el colegio habían organizado una

barbacoa familiar. Padre tenía guardia en el hospital así que fuimos solas Madre

y yo. ¿Le servían de algo a Madre los ojos que tiene en la cara? ¿No se daba

cuenta de que en verano las americanas vestían pantalón corto y camiseta? Aquel

día se puso un vestido tieso, azul, con grandes solapas blancas. Ahí estaba ella

con las demás madres, todas chic con sus tops y sus shorts; parecía una mujer

extraviada, emperifollada para una barbacoa. La evité casi todo el rato. Había

varias madres negras, así que cualquiera de ellas podría haber sido mi madre.

Esa noche en la cena, le dije, “La madre de Cathy me ha pedido que la llame

Miriam”. Levantó la vista, con una pregunta en los ojos. “Miriam es su nombre

de pila,” dije yo. Entonces me atreví, rápida. “Yo creo que Cathy debería

llamarte Chika.” Madre siguió masticando en silencio un trozo de carne del

estofado. Levantó de nuevo la vista. Sus ojos oscuros eran puro fuego desde el

otro lado de la mesa. Soltó un chorro de palabras en igbo. “¿Quieres que te dé un


tortazo que te hará saltar los dientes de la boca? ¿Desde cuándo los niños llaman

a sus mayores por su nombre de pila?” Le pedí perdón y bajé la vista, amasando

las bolas de fufu con más cuidado que nunca. Mirarla a los ojos la incitaba a

cumplir sus amenazas.

Después de eso, no pude ir a casa de Cathy durante un mes, pero Madre dejó que

Cathy viniera a la mía. Cathy se reunía con Madre y conmigo en la cocina, y a

veces ella y Madre pasaban horas charlando sin mí. Ahora Cathy no le dice Hola

a Madre, le dice Buenas Tardes o Buenos Días porque Madre le ha dicho que los

niños nigerianos saludan así a los adultos. Además, no la llama Señora Eze, la

llama Tía.

Ella cree que Madre es genial por muchas cosas. Por su manera de caminar.

Majestuosa. O su manera de hablar. Melodiosa. (Madre ni siquiera se esfuerza en

decir las cosas a la manera americana. Todavía dice palabras que sólo usan los

ingleses, por el amor de Dios.)

O porque Madre me abrazara cuando me vino la regla. Qué gesto tan cariñoso.

La madre de Cathy se limitó a decir oh, y salieron juntas a comprar compresas y

bragas. Pero cuando Madre me abrazó, hace dos años, apretándome contra ella

como si hubiera ganado una carrera importante, no me pareció para nada un

gesto cariñoso. Quería apartarla, su olor era agrio como la sopa de onugbu.

Me dijo que era una gran bendición, que algún día traería niños al mundo, que

tenía que cerrar bien las piernas para no avergonzarla. Yo sabía que luego ella

llamaría a Nigeria y se lo contaría a mis tías y a Mama Nnukwu y entonces

hablarían de los niños fuertes que algún día yo traería al mundo, del buen marido

que encontraría.

* * *

Hoy viene Matt a casa, estamos haciendo un trabajo juntos para clase. Madre no

ha parado de dar vueltas por la casa. En Nigeria, las niñas se hacen amigas de las

niñas y los niños se hacen amigos de los niños. Entre una chica y un chico no

puede haber sólo amistad. Hay algo más. Le explico a Madre que en América es

diferente y ella dice que lo sabe. Pone un plato de chin-chin recién frito en la

mesa del comedor donde trabajaremos Matt y yo. En cuanto sube las escaleras,

me llevo el chin-chin a la cocina. Me imagino la cara de Matt cuando diga, ¿qué


coño es eso? Madre reaparece y vuelve a poner el chin-chin. “Es para tu

invitado,” dice.

Suena el teléfono y rezo para que esté ocupada largo rato. Luego suena el timbre

y ahí está Matt, con su tachuela brillante en la oreja y una carpeta en la mano.

Matt y yo estudiamos un rato. Madre entra y cuando él le dice hola, ella se lo

queda mirando fijamente, hace una pausa y luego dice “¿Cómo está usted?”

Pregunta si ya casi estamos y lo dice en igbo. Antes de contestarle que sí, hago

una pausa larga para que Matt no piense que la entiendo bien cuando habla en

igbo. Madre sube las escaleras y cierra la puerta de su dormitorio.

“Vamos a tu habitación a escuchar música,” dice Matt, al cabo de un rato.

“Tengo el cuarto muy desordenado,” digo yo, en lugar de “Mi madre nunca

dejaría que un chico entrara en mi habitación”. “Vamos al sofá entonces. Estoy

cansado.” Nos sentamos en el sofá y me mete mano bajo la camiseta. Le sujeto la

mano. “Sólo por encima de la camiseta.”

“Venga,” dice él. Su respiración es tan urgente como su voz. Lo suelto y desliza

la mano como una serpiente bajo mi camiseta, se cierra sobre un pecho

enfundado en el sujetador de nailon. Luego, rápido, se abre camino hasta mi

espalda y me desabrocha el sujetador. Matt es un crack, ni siquiera yo puedo

desabrocharme el sujetador tan rápido con una sola mano. Su mano vuelve

serpenteando hacia delante y se cierra sobre el pecho desnudo. Gimo, porque me

gusta la sensación y sé que eso es lo que se espera de mí. En las películas, las

mujeres siempre ponen cara de éxtasis más o menos a estas alturas.

Ahora se ha puesto frenético, como si tuviera fiebre, malaria. Me empuja hacia

atrás, me levanta la camiseta hasta juntarla toda en torno a mi cuello, me quita el

sujetador. Siento un frescor repentino en mi torso expuesto. Una humedad

pegajosa y cálida en el pecho. Una vez leí un libro en el que un hombre chupaba

tan fuerte el pecho de su mujer que no dejó nada para el bebé. Matt chupa como

ese hombre.

Entonces oigo abrirse una puerta. Aparto la cabeza de Matt y me estiro la

camiseta, no tardo ni un segundo. Mi sujetador, un blanco de espanto contra el

sofá de cuero curtido, brilla ante mis ojos. Lo meto detrás del sofá justo cuando

entra Madre.


“¿No es hora de que se vaya tu invitado?” pregunta en igbo.

Tengo miedo de mirar a Matt, tengo miedo de que tenga leche en los labios. “Ya

está a punto de marcharse,” digo, en inglés. Madre sigue ahí de pie. Le digo a

Matt, “Creo que es mejor que te vayas.” Él se pone de pie, recoge los papeles de

la mesa. “Vale. Buenas noches.”

Madre está inmóvil, mirándonos a los dos.

“Te está hablando, Madre. Te ha dicho buenas noches.”

Ella asiente con la cabeza, cruza los brazos, mira fijamente. De pronto, suelta un

chorro de palabras en igbo. ¿Estaba loca de dejar que un chico se quedara tanto

rato? Y el sentido común, ¿dónde lo tenía? ¿Cuándo nos levantamos de la mesa

del comedor para sentarnos en el sofá? ¿Por qué estábamos sentados tan juntos?

Matt se va hasta la puerta arrastrando los pies mientras ella habla. Lleva las

bambas descordadas y se oye el batir de los cordones cuando camina. “Hasta

luego,” dice desde la puerta.

Madre encuentra el sujetador detrás del sofá casi enseguida. Se queda mirándolo

fijamente mucho rato antes de pedirme que me vaya a mi cuarto. Sube al cabo de

un momento. Aprieta los labios con firmeza.

“Yipu efe gi,” dice. Quítate la ropa. La miro, sorprendida, pero me desvisto

lentamente. “Todo,” dice cuando ve que aún tengo puestas las bragas. “Siéntate

en la cama, abre las piernas.”

Siento el corazón en los oídos, latiendo desbocado. Me tiendo en la cama, las

piernas abiertas. Se acerca, se arrodilla frente a mí, y veo lo que tiene en la mano.

Ose Nsukka, los pimientos picantes secos y arrugados que nos envía Mama

Nnukwu de Nigeria en pequeños frascos que eran originalmente de curry o

tomillo. “¡Madre! ¡No!”

“¿Ves este pimiento?” pregunta. “¿Lo ves? Esto es lo que le hacen a las chicas

promiscuas, esto es lo que le hacen a las chicas que usan el cerebro que tienen

entre las piernas en lugar del que tienen en la cabeza.”

Me acerca tanto el pimiento que me hago pis ahí mismo. Siento el colchón

mojado, cálido. Pero no me lo mete.


Ahora grita en igbo. La miro, cómo resplandecen sus ojos de carbón con las

lágrimas, y yo quiero ser Cathy. La mamá de Cathy se disculpa después de

castigarla, le pide que vaya a su cuarto, no la deja salir durante unas horas o,

como máximo, un día.

Al día siguiente, Matt dice, riéndose, “Me dio un yuyu tu madre anoche. ¡Qué

africana más loca!”

Tengo los labios demasiado tiesos para reír. Mientras hablamos, él está mirando

a otra chica.

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